Harold y Maude

Título: Harold y Maude (Harold and Maude)
País y año: EE UU, 1971
Dirección: Hal Ashby
Intérpretes: Ruth Gordon, Bud Cort, Vivian Pickles
Guión: Colin Higgins
Cartel de Harold y Maude
Esta reseña revela detalles del argumento

La primera película de Hal Ashby que tuve el placer de ver fue una de sus mejores obras, Being there (USA, 1979), que nos ofrecía una interpretación memorable del gran Peter Sellers en un registro muy alejado de lo que solemos esperar de él. Desde el momento en que vi la secuencia en la que Chance Gardner —un jardinero simple y con muchas limitaciones— atraviesa las calles de Washington llenas de miseria, crimen y graffittis al compás de la versión funky de Eumir Deodato de Also Sprach Zarathustra, supe que estábamos ante una manera peculiar, clásica y a la vez divertida, de entender el cine. Esa mezcla de seriedad, edad madura, ironía y humor infantil que me gustaron en Being There ya se encontraban en Harold and Maude (1971) en dosis mucho menos diluidas y con mayor carga icónica. De hecho, Harold and Maude es considerada una comedia de culto, y contiene elementos transgresores y de cultura pop (como ese Jaguar fúnebre) que, mezclados con el humor oscuro e irónico pero infantil, conforman esa clase de películas que aquí nos interesan.

Harold and Maude tiene una secuencia inicial y una puesta en escena que dan la impresión de que estamos ante una película deprimente y pesimista. El contrapunto de la música de Cat Stevens, vital y animada, nos va introduciendo —de manera aparentemente contradictoria— a la dualidad chocante y tremendamente efectiva del humor negro que sirve como vehículo y lenguaje de esta película. De esta manera se nos va presentando de un modo cada vez más accesible la personalidad de Harold, un adolescente obsesionado con la muerte y que no para de escenificar su propio suicidio una y otra vez ante su madre, cada vez de manera más sanguinaria y desesperante. El asunto en realidad es serio, pues Harold realmente se siente muerto y su impulso hacia la muerte es real e intenso. El joven siente tal atracción por la muerte que frecuenta funerales de desconocidos, fascinado por el final de la vida y por la contemplación del cadáver que todos, de alguna manera, ya somos.

Es en uno de estos funerales donde Harold conoce a Maude, una anciana septuagenaria llena de vida, también fascinada por la muerte, pero por motivos bien distintos. Maude es una vitalista, una anarquista, una fuerza de la naturaleza hecha de pura energía y ganas de vivir; más joven que muchas adolescentes, irradia una vitalidad hermosa y femenina. Para ella, la muerte es una manifestación más de la energía de la vida, del ciclo del cosmos. Su sonrisa está llena de ilusión y experiencia, de ingenuidad y sabiduría al mismo tiempo. Harold y Maude se hacen amigos, y poco a poco el joven va descubriendo motivos para vivir. La vida que pronto abandonará el cuerpo de Maude es la que gradualmente va llenando a Harold, en un ejercicio de puro cine y celebración vital que resulta chocante desde las premisas necrófilas y suicidas iniciales de la película. No hay manera de apreciar la vida sin antes haberse enamorado de la muerte. Entonces podremos cantar, y bailar, y ser quienes realmente queramos.

And if you want to be me, be me
And if you want to be you, be you
'Cause there's a million things to do
You know that there are

La película está situada en el número 45 de las 100 más divertidas de la historia según el American Film Institute. Por supuesto, habrá mucha gente que ponga objeciones a esta clase de listas; yo, el primero. Pero si atendemos a criterios de humor inteligente, con diversas capas de significado y niveles de interpretación, de complejidad irónica y significado existencial más allá del mero gag, no puedo estar más de acuerdo: estamos ante una cinta extremadamente divertida, que celebra el humor como cristal a través del cual podemos mirar más allá de nuestro cuerpo muerto y ver la grandeza de lo que somos. La conversación entre Harold y Maude acerca de las flores es de una belleza enternecedora y un significado muy profundo.

Pero no por ello deja de haber en Harold y Maude un humor meramente cómico o de sketch. La escena en la que Maude vuelve loco a un policía que pretende detenerla en su moto es desternillante, puro slapstick on the road. Humor chaplinesco, en el que el personaje de la anciana alcanza su cima de rebeldía a la vez que culmina nuestro proceso de identificación con ella. Su forma de entender la autoridad recuerda a la de los hermanos Marx, la persecución entre ella y el policía es comedia muda, puro cine y divertimento destilado. Genial.

Ciertos momentos de la película son tan genuinos y originales que la historia adquiere la frescura que sólo tienen aquellas películas en las que se nota que el director estaba efectuando realmente un ejercicio de expresión y libertad creativa. Momentos como cuando Maude hace el grito de Tarzán y suena el auténtico grito de Tarzán, o cuando está tocando el piano y se levanta para bailar mientras el instrumento sigue sonando. Esos momentos sorprenden y, lejos de alejarnos del momento, nos despiertan una sonrisa y nos atan con más fuerza al mundo especial de los personajes.

Al final, la película plantea un dilema moral relacionado con la diferencia de edad de los protagonistas. Lo que para muchos es un tabú inquebrantable se presenta de un modo natural y, de nuevo, con humor y gracia (Harold haciendo burbujas de jabón con una sonrisa de felicidad en el rostro). Tras esto, la película se cierra con una escena final que plantea la ambiguedad de si Harold ha ejecutado su acto suicida final, o ha vuelto a fingirlo por última vez. No importa. Lo realmente importante es que finalmente ha entendido que está vivo, más allá de lo que ocurra con su cuerpo. La drástica (pero coherente) decisión final de Maude en su 80° cumpleaños sirve como bálsamo para un joven que, finalmente, nace al mundo y a la vida. Puro cine.