La evasión

Título: La evasión (Le trou)
País y año: Francia, 1960
Dirección: Jacques Becker
Intérpretes: Jean Keraudy, Michel Constantin, Philippe Leroy, Raymond Meunier, Marc Michel
Guión: Jacques Becker, José Giovanni, Jean Aurel
Cartel de La evasión

El texto de Sixthman77 sobre El confidente aquí en FilmBunker y sus interesantísimas disertaciones sobre el cine negro despertaron el recuerdo de ciertas películas en mi memoria que muestran ese mundo de claroscuros, esos personajes duros y siempre listos para un nuevo golpe. Me acordé, quién sabe por qué, de películas francesas. Por supuesto, muchas del maestro Melville, pero también de pequeñas joyas como Rififi o Bob le Flambeur, hasta que finalmente mis devaneos fueron a parar a esta película, esta auténtica obra maestra, un poco más apartada de los tópicos más ‘gangsteriles’ del noir, pero que aun así muestra aquellos tipos duros con un código de honor que viven en los rincones más oscuros de los márgenes de la ley. Tipos con un plan, por supuesto. Estoy hablando de la maravillosa Le Trou (que significa ‘el agujero’, aunque en España recibió el título La evasión) de Jacques Becker y que se encuadra dentro del popular sub-género de las fugas de cárceles.

Es curioso pensar en la cantidad de gente a la que le gusta las películas de evasiones. Parece que el reto de fugarse de una cárcel tiene un atractivo al que cuesta sustraerse; desde series como la clásica La fuga de Colditz y la exitosa Prison break, pasando por películas como Escape de Alcatraz y Cadena perpetua… y más, muchas más, que han cautivado a generaciones enteras. Y es que el reto de una evasión pone a prueba la inteligencia y el ingenio, como si fuese un cubo de Rubik o un castillo de naipes que debe ejecutarse al dedillo, a riesgo de ser atrapados y enfrentar una condena aún mayor a la que se cumplía. Resulta curiosa, también, la forma en que uno se identifica con los protagonistas de esta clase de películas. No nos importa demasiado si son culpables o inocentes; tan solo queremos que escapen de la cárcel, que se lleven el botín, que su astucia se vea recompensada, que no les atrapen los guardias.

Y es que no hay lugar más antipático que una cárcel, y no hay tipo más desagradable que un alguacil que se pasea con la porra pasillo abajo.

Becker y Giovanni

El director de Le Trou, Jacques Becker, había sido ayudante de dirección de Jean Renoir durante los años 30 en películas clásicas como La gran ilusión. Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, fue hecho prisionero por los nazis y estuvo retenido durante un año por sus actividades en el Comité de libération du cinéma français. Allí Becker supo de primera mano lo que significa estar preso, y no hay nadie mejor para representar el ambiente carcelario que alguien que lo ha vivido en sus propias carnes.  Tras el final de la guerra, Becker retomó su obra cinematográfica filmando películas interesantes pero todavía algo rígidas como No toquéis la pasta (1954), cómo no, de gángsters, robos y secuestros. Y muchachas abofeteadas.

Hasta que llega el año 1960 y Becker decide llevar a la gran pantalla la novela Le Trou de José Giovanni. Publicada en 1957 y basada en hechos reales acontecidos en 1947, relata la fuga de cinco presos de la Prisión La Santé en Francia, entre los cuales se encontraba el propio Giovanni, condenado a muerte por sus relaciones con la mafia. Para imprimir el mayor realismo posible a su película, Jacques Becker contó con la colaboración del propio José Giovanni para adaptar su libro y asegurar la fidelidad más absoluta a la realidad. El propio Giovanni es, en sí mismo, una figura fascinante. Proveniente del mundo del hampa, los hechos que relata en su libro cambiaron su vida y tras los eventos de 1947 se convirtió en un reconocido autor literario y un cineasta prolífico (veinte películas y otras tantas novelas). Fernando Trueba llegó a decir de él que es “el último gran escritor policíaco europeo clásico”.

Actores que no lo son

Jacques Becker utilizó, además, actores no profesionales para los cinco reos. De nuevo en este aspecto volvió a apostar por el realismo, pues contó con Jean Keraudy, uno de los reclusos originales que participó en el episodio real de la fuga de 1947 para interpretar su propio papel, Roland Darbant en el libro y la película (Jean Keraudy era su nombre artístico, en realidad se llamaba Roland Barbat). De hecho él mismo nos presenta la película al inicio, mirando a la cámara y dirigiéndose directamente al espectador, en un descanso mientras repara un coche en un taller. Ya veremos que, en efecto, el tipo era un manitas. Esta película será su única incursión en el mundo interpretativo. Ver a Keraudy en Le trou es todo un placer, no solo por tratarse de uno de los partícipes de los hechos reales originales, sino por cómo traslada ese carácter, esa actitud, esa seriedad llena de nobleza y una especie de severa melancolía a su papel. Ver sus manos, los muñones de sus dedos, manipulando herramientas, creando artilugios con metales sacados de un catre o inventando llaves a partir de las cosas que tenían disponibles en la celda, y pensar que todas y cada una de las cosas que se le ve hacer son exactamente lo que hizo en los días previos a la fuga, es auténticamente emocionante.

Los otros tres miembros originales de la fuga de 1947 también formaron parte del equipo de producción que asesoró a Becker a la hora de reproducir la prisión de La Santé hasta el más pequeño detalle, de forma que todo lo que vemos en la película refleja exactamente el ambiente presidiario en que vivían.

La luz al final del túnel

Me limitaré a dar una sucinta idea de cómo se pone en escena la historia. Un joven de nombre Gaspard Claude es encarcelado por el intento de asesinato de su mujer, y es asignado a una celda donde hay cuatro reclusos muy variopintos que actúan de un modo algo extraño. Pronto crea lazos de amistad y confianza con ellos, y terminan compartiendo con él su plan secreto: han decidido escapar de la prisión construyendo un túnel. Pero el proceso no es tan sencillo, implica trabajo en equipo y mucha planificación antes de llevarse a cabo. Pronto sus nuevos compañeros de celda convencen a Gaspard a unirse a su plan de fuga, y da comienzo una de las reconstrucciones más fidedignas y exhaustivas de una evasión que el espectador haya visto jamás en el cine.

Ya he mencionado la dureza y severidad de unos personajes cuyas vidas se han visto vinculadas al mundo del crimen, la mafia y la ilegalidad. Pero de alguna manera, Becker consigue extraer de ellos una nobleza inusual, una lealtad y una fidelidad inquebrantable a un código de honor. No en vano, Le trou es una historia fundamentalmente moral sobre el honor entre iguales. Esta perspectiva humanista, casi lírica de una historia tan sórdida y unos personajes tan endurecidos, es probablemente el mayor logro de la película junto a esa recreación tan perfeccionista de cada proceso, de cada barra lijada, de cada piedra retirada del muro.

Y es que esas películas en las que se nos muestra un proceso hasta el más minimo detalle cuentan también con muchos adeptos. Son aquellas en las que cada paso del plan es mostrado minuciosamente, con un celo casi científico; los artefactos, las herramientas, el “bricolaje”, las alarmas, los cables, los horarios, el control milimétrico del tiempo… (la mencionada Rififi es un ejemplo perfecto de esto). A cada momento estamos intrigados, mirando cómo se va desgranando poco a poco la piedra que les separa del otro lado del muro, con planos fijos que se alargan por minutos sin llegar jamás a aburrir o a resultar monótono. La sensación de peligro inminente, de que les pueden descubrir en cualquier momento, la promesa de la libertad al otro lado del muro, tienen al espectador al borde de su asiento durante las dos horas y cuarto que dura el metraje. Todo en Le trou resulta fascinante, y para un amante del cine es una fuente de satisfacción y placer sin fin.

Todo este realismo no impide que la película tenga una belleza sin igual; cada encuadre es exquisito, la composición de cada plano alcanza niveles pictóricos, la fotografía en blanco y negro se ajusta perfectamente a esos valores de dureza, de contraste entre dignidad y crimen, de austeridad carcelaria, de rostros pétreos cuyas sombras contienen toda una vida de desengaños.

Le trou se estrenó en París la misma semana que Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard y A todo riesgo de Claude Sautet; un buen año para el género policíaco y negro francés, sin duda alguna.

El propio Melville dijo que este era el mejor film francés jamás hecho.

Becker murió dos semanas después de terminar el rodaje de la película.