Punto Límite: Cero

Título: Punto Límite: Cero (Vanishing Point)
País y año: EE UU - Reino Unido, 1971
Dirección: Richard C. Sarafian
Intérpretes: Barry Newman, Cleavon Little, Dean Jagger
Guión: Malcolm Hart, Guillermo Cabrera Infante
Cartel de Punto Límite: Cero

Vanishing Point fue el intento comercial por parte de la Fox de recoger alguno de los frutos que se habían sembrado con el icono cultural Easy Rider (1969). El filme nos narra el viaje, tanto espacial como espiritual, de Kowalski, conductor profesional que se encarga de llevar drogas desde Denver hasta San Francisco. Sin saber muy bien la razón, el protagonista pretende hacer la entrega en tiempo récord, conduciendo su coche muy por encima del límite de velocidad. Esta premisa, sencilla y sin demasiada substancia, es un mero detonante para mostrarnos la lucha entre la mentalidad individual y liberal emergente en esa época y el clima reinante hasta ese momento de conservadurismo. El punto de confusión que vivía la sociedad americana en esos momentos (Vietnam, los movimientos contraculturales, etc.) impregnó de manera radical a la industria de Hollywood. Por eso es muy habitual encontrar multitud de películas de esta década que, aun tratando de contar temas profundos y no meramente comerciales, se vieron envueltas en una falta de forma que impidió que se convirtieran en auténticos testimonios atemporales de lo que sucedió. Aun así es fácil hallar multitud de ideas y de momentos cinematográficos de alta calidad, superiores en fondo y forma a los actuales subproductos que sólo son una mera imitación de este cine, hecho en muchas ocasiones por impulsos lisérgicos.

Y Vanishing Point no es una excepción. El envoltorio exterior es pura mercadotecnia. En pleno auge de la producción automovilística americana, los muscle cars representaban el ideal americano. El país más grande y más potente debía construir los coches más grandes y más potentes. Y como ha sucedido en multitud de ocasiones se utilizó una película como reclamo publicitario. Visto con la serenidad que dan los años, el éxito estuvo garantizado. Incluso en la actualidad, el Dodge Challenger R/T, que es el modelo que conduce Kowalski, es uno de los modelos más cotizados en el mercado de estos dinosaurios que dejaron de fabricarse a principio de los 80 con la crisis del petróleo. Gracias al protagonismo que tiene el automóvil, las secuencias de persecuciones y casi todos los planos en los que aparece están filmados de manera magistral. Tal fue el exceso de mimo que en Death Proof (2009), Tarantino rescata al mítico Challenger para ponerlo de nuevo sobre el asfalto y volver a darle mayor protagonismo que a los propios actores.

Pero tras este velo mercantilista está el personaje de Kowalski. Él representa el espíritu libre, el antihéroe que lucha contra el sistema y que acaba inmolándose cual bola de derribo contra la ideología primigenia norteamericana. Carga a su vez con cierto simbolismo cristiano, muy propio también de la cultura hippie, puesto que gracias a varios flashbacks podemos ver que Kowalski no es un nihilista, que posee una moral definida y que su lucha por defenderla le ha llevado al punto de buscarse a sí mismo. Por lo tanto, el paralelismo con el personaje de Jesús de Nazaret es inevitable. Esta no es una postura revisionista, puesto que hay varias secuencias que lo confirman.

Por otra parte tenemos la voz de la conciencia de Kowalski, que está representada por un disc-jockey de radio negro y ciego que es, además, el enlace con el pueblo. A través de las ondas cuenta la lucha existente entre el espíritu libre y la fuerza opresora, y hará que las conciencias más primitivas salgan de su caverna e intenten acallar el clamor de la libertad por medio de la fuerza.

Estamos, por lo tanto, ante un producto hecho para entretener, que inauguró el cine carsplotation pero que a su vez contiene ciertas claves no habituales en el cine comercial y de explotación. Apta para amantes del cine de acción, pero nada desdeñable para todo buen cinéfilo.